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jmbarras

Hoy en día hasta la mierda se paga… y muy cara además.

 

Creo que me gusta mucho el vino; empiezo a pensar que no hay nada que me guste más que el vino, pero en su concepto más amplio, no solo el placer, mágico a veces, que me pueda proporcionar una buena botella, sino también los amigos que estoy haciendo en torno a él, las personas que estoy conociendo, la cultura de la que me estoy empapando y la concepción que todo ello me está forjando de las cosas, del hombre, de la vida misma.

Siempre me he definido apolítico, más por comodidad que por convicción, especialmente a escala cercana; podía yo mojarme en temas más mundiales, los males de fondo del mundo:  la explotación del tercer mundo por parte del primero, los penosos brotes xenófobos cuando esos explotados encima tienen la desfachatez de venir entre nosotros a molestarnos, por aquello de no morir de hambre, etc… cosas que pueden sonar incluso demagógicas y quizá lo sean, pero eran los únicos temas en los que no me declaraba abiertamente apolítico por pura vergüenza; sin embargo a nivel más local y cercano pasaba olímpicamente, no era mi guerra, ante la impotencia total lo mejor era la inacción, vivir mi vida y se acabó.

A veces, si tenemos mucha suerte, se cruzan en nuestro camino personas que de verdad influyen en nuestra vida, que son importantes, que nos aportan mucho. La primera fue Blas Cerón y a partir de ahí, otros “casualmente” buenos amigos suyos. Son personas que están haciendo algo, así como suena y que quizá suene muy flojo, hacen algo, lo que pueden, pero luchan por lo que creen.

Si tuviera que dejarme drásticamente el vino, para mí sería tremendamente traumático, sin embargo si algún día Abel Mendoza Monge, lo que este hombre representa, por lo que este hombre lucha, perdiera definitivamente la batalla, yo me dejaría el vino.

Puedo hablar más alto, pero no sé hacerlo más claro. Sin un hombre defiende el terruño, la personalidad local, las cosas buenas de la tradición (no todas, es un hombre muy de su tiempo), no menciona una sola vez palabras de moda como ecología y biodinámica pero pelea durante todas las horas de sol del día, todos los días, por conservar un ecosistema, un equilibrio natural, sin venenos, sin grandes tractores, con las manos curtidas del azadón, con las perdices purulando por sus viñedos, tan preciosos como incómodos y anti-rentables; cuando sus “estudios de suelo” se basan en la sabiduría de los viejos, varias generaciones atrás, los que sabían de donde salía el mejor vino. Cuando paseas con él por sus viñedos y sus vibraciones te ametrallan sin cesar, potentes, honestas, limpias. Cuando tu intuición te dice que si estrechas la mano de ese hombre estas firmando un contrato con más valor y compromiso que si hubiera hipotecado su casa a tu nombre, cuando para él una visita “turística” a su viñedo es, de forma natural, de cómo mínimo medio día, cuando no entero… podría seguir así mucho rato más, pero tampoco quiero dibujar a un entrañable viticultor, porque Abel es mucho más que eso. Hay viticultores verdaderamente entrañables, que aman el campo y hacen las cosas como buenamente saben y pueden, unas veces con más acierto y otras con menos, pero Abel, desde esa óptica también, resulta que igual hace investigaciones que no se hacen en las mejores universidades…no, no me quiero poner romántico en exceso, pero sí vehemente, porque me apasiona el asunto.

Es duro observar a este hombre mientras mira desconsolado, furioso, impotente, como están destrozando su mundo, mi mundo, el mundo de todos nosotros y nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos. Me cago en la puta madre que parió a la gran máquina del “progreso” y a todos los hijos de esa misma madre que se están lucrando con ello.

Abran una botella de vino de este hombre, me da igual cual, desde su maceración carbónica hasta sus grano a grano; abran también alguno de sus vinos blancos, para mí llamados a ser algún día los mejores de los mejores de España, descorchen algo y díganme si alguna vez en su vida han dado un trago con más verdad, raza y, en algunos casos, soberbia calidad en estado puro.

 

Abel Mendoza Monge es una máquina, abona con mierda y la paga, consigue grandísimos vinos. Luego está toda la otra “mierda”, pero esa la vamos a pagar todos, también usted, muy muy cara.

 

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